Facultad de Ciencias Sociales

¿Hacia dónde van los sistemas de Educación Superior? Columna de Eduardo Valenzuela, Decano Facultad

 

El Mercurio publicó la columna “¿Hacia dónde van los sistemas de Educación Superior? del Decano Eduardo Valenzuela.

 

¿Hacia dónde van los mejores sistemas de educación superior en el mundo? ¿Cuál es la dirección han tomado las políticas de reforma en los últimos veinte años? Desde luego existe una gran variedad de respuestas, pero en cualquier revisión sistemática de literatura especializada se distinguen netamente tres orientaciones principales. La primera ha sido reforzar la autonomía de las instituciones universitarias en la perspectiva de generar un sistema diverso, abierto y plural. Cada universidad debe definir con exactitud su misión y vocación especial -qué es lo que quiere hacer y cómo lo hará- y contar con los resguardos e incentivos para perseverar en ella. Habrá universidades docentes y otras de investigación, con dedicación preferencial a esta u otra materia,  universidades disciplinarias o más bien profesionales o politécnicas, religiosas o laicas, de ésta o de esta otra inspiración y así por delante. Las políticas de estandarización –que a menudo se introducen con sistemas de acreditación demasiado rígidos-  o cualquier intromisión indebida en la misión y carisma particular de una universidad han tendido a retirarse, con el objeto de crear un sistema que responda efectivamente a una educación superior de masas –cuya misión ya no es en absoluto formar la elite de la sociedad- sino responder a demandas e intereses educacionales de alcance y naturaleza muy diferentes, como corresponde a una sociedad que gana en complejidad y diversidad.


La segunda tendencia ha sido incrementar el financiamiento privado en la educación y condicionar las transferencias públicas a evaluaciones de desempeño e incrementos medibles en calidad. Las políticas de gratuidad universal –características de algunos países europeos- no sólo tienen el inconveniente de ser regresivas desde el punto de vista de la equidad en la distribución de oportunidades, sino que también insostenibles  cuando se desea mejorar en la calidad en el largo plazo. La calidad universitaria exige inversión cada vez mayor en recursos humanos, equipamiento, infraestructura  y capacidad profesional que no se puede afrontar únicamente con recursos públicos. Es sabido que el estado –por razones políticas evidentes- responde bien a incrementos de cobertura y acceso (algo que las mismas políticas de gratuidad van a alentar), pero mucho menos a la hora de invertir en calidad. Además, reintroducir financiamiento privado en sistemas de gratuidad universal se ha revelado extremadamente difícil.  Desde luego, es siempre necesario encontrar un equilibrio entre financiamiento privado y público (y Chile es un caso en que el estado pretendió descansar demasiado en el esfuerzo privado), pero no se debe echar por la borda lo avanzado en  esta materia, especialmente la convicción que existe en la misma gente de que la educación de los hijos (y en particular, la educación superior) es un bien por lo que las familias están dispuestas  a esforzarse y luchar (uno de los secretos por lo demás del éxito de las universidades norteamericanas junto con su capacidad de atraer donaciones privadas). El otro defecto del financiamiento público es su tendencia bien conocida a desviar recursos hacia materias y glosas que no contribuyen a un mejor desempeño, por lo que en todas partes la contribución pública se está vinculando con evidencia de mejoras y desarrollo y con mecanismos efectivos de rendición de cuentas.


La tercera tendencia es la transformación de los sistemas de gobierno universitario que reequilibran el principio tradicional de la colegialidad académica con un cuerpo de administradores profesionales –a veces generado entre los mismos académicos- con mayores capacidades de decisión. Las universidades tienen –como toda institución por lo demás- el riesgo de transformarse en corporaciones, capturadas por los intereses de sus miembros que dejan de responder a su misión institucional. Al revés de lo que muchas veces se cree, son los administradores profesionales los que velan mejor por los objetivos generales de la institución, y en ellos descansa casi siempre el potencial de liderazgo, innovación y cambio que son indispensables para avanzar. Universidades demasiado controladas por sus cuerpos académicos –al que se pueden agregar fácilmente los intereses también corporativos de estudiantes y funcionarios- se quedan muchas veces atrás por falta de perspectiva, visión y dinamismo.  Como en todo, ésta es también una cuestión de equilibrio entre administración profesional y colegialidad académica que debe resolverse en su mérito en cada caso. Tres tendencias entonces en la dirección que han adoptado los mejores sistemas de educación superior en el mundo que habría que tomar en cuenta a la hora de tomar nuestras propias decisiones.